Vos... y tus ojos, que permiten ver más allá del pensamiento.
Vos... y tu boca, el camino más seguro a la perdición.
Vos... y tu voz, que me eleva casi tanto como siento.
Vos... y tus manos, que se aferran a mi carne en afán de no dejarme ir.
Vos... y tus piernas, cuyo brillo atraviesa la mejor de las corazas.
Vos... y tu mirada, la demostración de que se puede ser adicto a la hipnosis.
Vos... y tu voz, terciopelo delicado que acaricia mis oídos.
Vos. Siempre vos.
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